Zicatela es la playa de las olas grandes, la que sale en las fotos de los campeonatos de surf. Pero si la caminas hasta el final, hacia el sur, el ruido se apaga y empieza otro Puerto Escondido. Calles de tierra, gente descalza con la tabla de surf bajo el brazo, cafeterías con música baja. A ese extremo todos le dicen La Punta, y es donde la costa de Oaxaca baja la velocidad.
La misma playa, dos extremos opuestos: la ola brava de Zicatela y la izquierda mansa de La Punta.
La misma playa, dos olas opuestas
Lo curioso de Zicatela es que cabe en ella lo más difícil y lo más amable del surf. Frente al pueblo rompe el llamado Mexican Pipeline, uno de los beach breaks más potentes del mundo, una ola hueca y pesada que solo los expertos se atreven a tomar y que convierte a Puerto en sede de campeonatos internacionales.
Camina unos minutos hacia el sur y esa misma playa cambia por completo. En La Punta la ola se vuelve un point break largo y suave que rompe hacia la izquierda, de esos que perdonan. Es la ola donde se aprende, donde los longboards se deslizan sin prisa y donde una tarde de surf se mide en risas, no en golpes. Por eso La Punta se llenó de escuelas de tabla y de gente que un día se animó a entrar al mar por primera vez, sin importar la edad.
La misma playa tiene las dos caras del surf: el Mexican Pipeline, para expertos, al centro; y una izquierda mansa en La Punta, donde empiezan los principiantes. Una sola arena, dos olas opuestas.
El atardecer que se aplaude
La Punta debe su nombre a la punta de roca donde la playa termina y el sol se mete al mar. Cada tarde, sin que nadie lo organice, la gente deja lo que está haciendo y camina hacia ahí. Surfistas, familias, viajeros y vecinos se sientan sobre las piedras a ver caer el sol sobre el Pacífico. Y cuando el último borde desaparece en el agua, muchos aplauden. Es un ritual diario, el mismo cada día y distinto cada día, y pocas cosas resumen tan bien el carácter de este rincón de la costa.
Mañanas descalzas
La Punta se vive despacio. Se madruga para el mar, se desayuna sin prisa, se toma café de olla mirando pasar a quien vuelve del agua con la tabla al hombro. Hay clases de yoga al amanecer, puestos de fruta, talleres de tabla y cocinas pequeñas que huelen a pescado fresco. No es un resort ni una zona de hoteles altos: es un barrio con alma de pueblo dentro de la ciudad, y ese es justo su imán. Mucha gente llegó a pasar unos días y terminó quedándose meses, atrapada por un ritmo que en pocos lugares del mundo todavía existe.
La misma costa, otro ritmo
Puerto Escondido tiene dos velocidades conviviendo en el mismo lugar: la energía del centro y la calma de La Punta, a unos minutos una de otra. Poder elegir el bullicio o el silencio el mismo día, sin cambiar de ciudad, es parte de lo que enamora a quien llega a esta costa, ya sea a vivir, a vacacionar o a invertir. Cada quien encuentra su rincón, y muchos acaban queriendo uno propio.
Una zona que sigue creciendo
Puerto Escondido dejó de ser un secreto. Hoy recibe vuelos directos y es de los pocos destinos de Oaxaca que crece año con año, con gente de México y del extranjero que viene buscando exactamente este estilo de vida. Ese crecimiento es lo que mueve el valor de la tierra en la zona. Si estás pensando en un terreno o una casa en esta parte de la costa, estos son algunos de los desarrollos que acompaño.